Maximilian Calypse caminaba de un lado a otro por la sala de recibo. Estaba tan nerviosa que ni siquiera se dio cuenta de que se mordía las uñas hasta que el Duque de Croyso entró en la habitación. Al escuchar el golpe seco de su bastón contra el suelo, escondió las manos detrás de la espalda con torpeza.
—¿Acaso no te he advertido una y otra vez sobre ese hábito repugnante tuyo?
—P-Perdóneme...
Al oír el filo gélido en la voz de su padre, Maxi bajó la cabeza. El duque chasqueó la lengua con desaprobación.
—No me hagas pasar vergüenza. Has tenido más suerte de la que mereces. Si tu conducta repulsiva llega a manchar el nombre de nuestra familia, no te lo perdonaré.
Un sudor frío le recorrió la espalda. Cuando abrió la boca para intentar formular alguna respuesta, la columna se le puso rígida de miedo.
—H-Haré lo que u-usted ordene, P-Padre. C-Cuando él v-venga, y-yo...
Aun sin levantar la vista, Maxi sabía perfectamente qué expresión tenía su padre en ese momento, pues siempre hacía una mueca de asco cada vez que la escuchaba hablar. Buscando las palabras a tientas, trató de mantener la calma.
—Y-Yo v-voy a c-convencerlo de q-que c-continúe con este m-matrimonio...
—¡Basta!
El duque golpeó el bastón contra el suelo.
—¿Tanto te cuesta hablar y comportarte con normalidad aunque sea un día? No, ni siquiera una hora. ¿Qué clase de hombre querría a una esposa tartamuda?
—Yo... yo...
—¡Riftan Calypse ya no es un simple caballero de baja cuna! ¡Ahora es uno de los mejores espadamaestros del continente, el héroe que derrotó al Dragón Rojo, Sektor! ¡La iglesia anulará este matrimonio con solo una palabra suya!
Jadeando, el duque se llevó una mano a la frente. La sola idea del divorcio lo escandalizaba.
—¡No permitiré que la hija mayor de los Croyso sea repudiada por un caballero de cuna baja! ¡No me quedaré de brazos cruzados mientras mi hija, esa retrasada, arruina la reputación de esta casa!
Maxi se mordió los labios, con las palabras subiéndole por la garganta como hiel. No es mi culpa. Ni ella ni Riftan Calypse habían expresado jamás el deseo de casarse el uno con el otro. Había sido su padre quien había forzado aquel matrimonio.
Como si le hubiera leído el pensamiento, el duque soltó un comentario mordaz.
—Si al menos fueras la mitad de hermosa que Rosetta... No, si al menos fueras normal, no tendría que arrastrarme frente a ese plebeyo para complacer sus caprichos.
Al mencionar a su media hermana, tan hermosa como una rosa en plena floración, el poco valor que había logrado reunir se le escurrió entre los dedos como arena seca. El duque contempló el rostro de su hija, que se había puesto mortalmente pálido, y continuó sin piedad.
—El Rey Reuben quizás quiera tomar a Riftan Calypse como yerno, pero no puede hacer nada si Calypse se niega. Si hubieras logrado ganarte el afecto de tu esposo, no estarías enfrentando un divorcio. No tienes a nadie más que culpar salvo a ti misma.
—P-Pero... él p-partió a la c-campaña el d-día después de la b-boda...
Maxi apenas había tenido oportunidad de hablar con Riftan, mucho menos de ganarse su afecto. Estaba a punto de protestar cuando su visión se puso blanca por un instante, al sentir el bastón de su padre caer sobre su costado. Boqueando en busca de aire, se dobló sobre sí misma. El dolor era tan intenso que ni siquiera pudo gritar.
—¡Cómo te atreves a contestarme! ¡Con solo pensar en ese impedimento tan detestable que tienes, me hierve la sangre!
Ella asintió rápidamente para evitar más golpes. Los labios del duque se contrajeron como preparándose para soltar otro torrente de veneno, pero un golpe en la puerta lo distrajo. Se giró hacia ella. La voz apagada de una criada llegó desde el otro lado.
—Su Excelencia, los Caballeros de Remdragon han llegado.
—¡Que pasen!
Con el rostro lleno de terror, Maxi alzó los ojos hacia su padre. Él siseó entre dientes.
—Deja bien claro ante Calypse que este matrimonio no será anulado. Te lo advierto una vez más: si traes deshonra a esta casa, lo pagarás caro.
El duque salió de la habitación con paso pesado. Maxi se recostó contra la ventana, conteniendo la respiración mientras esperaba a que el dolor punzante cediera. Cegada por la luz otoñal que entraba por la ventana, parpadeó para contener las lágrimas. Llorar no mejoraría nada. Solo la hundiría más profundo en el abismo.
Maxi entrelazó sus manos temblorosas. Tenía que recomponerse: el divorcio equivalía a una sentencia de muerte para una mujer noble. No solo terminaría siendo el blanco de las burlas, sino que también deshonraría a toda su familia.
Era una vergüenza inimaginable, una que solo podía contrarrestarse mediante un duelo contra Riftan Calypse. Pero el Duque de Croyso no tenía hijos varones, y ninguno entre sus parientes o caballeros juramentados tenía la más mínima posibilidad frente a Riftan.
¿Quién podría ganarle un duelo a un espadamaestro que había derribado a un dragón? Manchar el nombre de su familia parecía inevitable. Su padre jamás la perdonaría; un "accidente" oportuno podría matarla antes de que se completara la anulación. No le extrañaría que su padre tramara algo así.
Debo hacer todo lo posible para evitarlo...
Pero ¿la escucharía Riftan Calypse?
Se mordió los labios, sintiendo que estaba de pie al borde de un precipicio. Su matrimonio se había arreglado únicamente por la conveniencia del duque y sus caballeros.
Tres años atrás, cuando la noticia se había esparcido por todo el continente de que Sektor, el Dragón Rojo, había despertado de su hibernación, el Rey Elnuima Reuben III había ordenado a sus vasallos participar en una campaña para someterlo. El Duque Croyso también estaba obligado por ley a reunir sus fuerzas y unirse a la campaña. Pero había encontrado la manera de transferirle ese deber a Riftan Calypse, casándolo con su hija.
Maxi se estremeció al recordar los insultos apenas disimulados que los invitados habían murmurado el día de su boda. Como caballero de baja cuna, Riftan no había tenido más opción que obedecer la orden del duque y presentarse en el salón nupcial. Maxi no podía siquiera imaginar el resentimiento y la humillación que él debió haber sentido aquel día.
Había parecido estar conteniendo algo, y a ella le había aterrado la expresión de su rostro.
Si yo fuera la mitad de hermosa que Rose, ¿habría podido ganarme su corazón?
Esos pensamientos solo profundizaban su tormento. Riftan Calypse era un hombre imponente. Incluso Rosetta, que solía burlarse de su humilde origen, no podía evitar sonrojarse al verlo vestido con la vestimenta ceremonial de su orden.
Riftan podría haber elegido cortejar a cualquier dama hermosa. ¿Cómo podría encontrar atractiva a una mujer de apariencia simple y con tartamudez, ahora que sus logros habían superado su condición de cuna baja?
Ahora que probablemente se case con una princesa, mis ruegos no bastarán para cambiar su decisión.
Habían pasado una sola noche juntos después de la boda. A la mañana siguiente, Riftan había partido hacia la campaña sin decir palabra, y jamás le había escrito ni una sola vez durante su ausencia. Maxi no podía estar segura de que él la considerara siquiera su esposa.
Con la mente nublada por pensamientos oscuros, apenas había hundido el rostro entre las manos cuando escuchó una voz hosca.
—Esto sí que es un espectáculo digno de contemplar.
Maxi levantó la mirada con un sobresalto y vio a un hombre gigantesco observándola con el ceño fruncido desde la puerta. No lo había oído entrar.
—Una esposa temblando de miedo mientras espera el regreso de su marido de un peligro mortal —dijo el hombre con sarcasmo, acercándose con pasos lentos y silenciosos.
Vestido con una armadura plateada y una túnica azul marino que recordaba a la vestimenta de un monje, Riftan era mucho más corpulento e intimidante de lo que Maxi recordaba. Paralizada, contuvo la respiración mientras lo veía acercarse.
—No esperaba una bienvenida cálida, pero ¿era necesario que temblaras como si yo cargara la peste?
Su tono gélido sacó a Maxi de su trance. Al darse cuenta de que había logrado disgustarlo apenas minutos después de su reencuentro, la sangre se le fue del rostro.
—E-Estoy aliviada de v-verlo s-sano y salvo...
¿Qué más podía decir? Ni siquiera sabía cómo dirigirse a él.
¿Riftan? Demasiado íntimo. ¿Sir Riftan? Seguramente se burlaría de ella. La voz de Maxi se perdió en la confusión. Inquieta por su mirada penetrante, dio un paso atrás.
No lograba comprender por qué la miraba de esa manera. El rostro de él se endurecía cada vez más con cada paso que ella retrocedía. Finalmente, la tomó del brazo con un tirón brusco y le susurró con voz amenazante.
—¡Al menos finge que te alegra verme!
Ella se quedó helada. Sus cuerpos estaban tan cerca que podía percibir el intenso aroma a cuero, caballos y sudor. La abrumadora masculinidad de ese olor removió recuerdos que ella misma se había esforzado por ocultar durante los últimos tres años.
El curioso calor que emanaba de su cuerpo musculoso. Una mirada que parecía ver directamente dentro de su mente. Él la había mirado con esos mismos ojos aquel día. Como un sabueso a punto de devorar carne fresca...
Maxi bajó la vista de golpe. Sentía el rostro arder. Ya no había manera de detener el torrente de recuerdos ahora que las compuertas se habían abierto. Las memorias de aquella noche la invadieron, tan vívidas como si hubieran ocurrido apenas ayer.
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