Bienvenida de vuelta
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Bajo el Roble - Capítulo 2

—Quítate la ropa.

Maxi, desconcertada, miró con aprensión a su nuevo esposo. Su nodriza la había llevado de la mano hasta la cámara nupcial justo cuando el banquete de bodas llegaba a su fin. Estaba sentada en la cama, después de que las criadas terminaran de bañarla, cuando él entró en la habitación.

Incapaz de adivinar sus intenciones, ella solo pudo mirarlo con los ojos muy abiertos. No lograba entender por qué el hombre que la había ignorado durante toda la ceremonia haría, de repente, semejante exigencia. Aunque sabía vagamente que entre esposos ocurrían cosas íntimas y no dichas en la privacidad del dormitorio, nunca la habían puesto al tanto de los detalles.

Su nodriza le había inculcado que debía obedecer las órdenes de su esposo y quedarse quieta, sin importar lo que él hiciera. Seguramente quitarse la ropa no era una de esas órdenes que se esperaba que obedeciera sin cuestionar... Todavía estaba absorta en sus pensamientos cuando él se sacó la túnica por la cabeza y le lanzó una mirada impaciente.

Riftan Calypse se acercó un paso más.

—¿Debo quitártela yo mismo?

Maxi ahogó un grito. Cada fibra del cuerpo de Riftan parecía forjada en acero. Sus hombros eran el doble de anchos que los de ella. Su cuello largo y grueso se conectaba con un pecho sólido, que se estrechaba hasta una cintura firme y esbelta, no muy distinta a la de una pantera elegante.

Maxi había escuchado que Riftan era un gigante incluso entre los caballeros, pero verlo de pie frente a ella resultaba abrumador. Se le secó la boca. Unos pocos golpes de su padre le habían causado un dolor insoportable. ¿Sobreviviría si un hombre como Riftan decidiera golpearla?

—Me miras como si hubieras visto a un monstruo.

Maxi se estremeció. Su tono era helado. Él cruzó la distancia hasta la cama en una sola zancada y la miró fijamente. El campo de visión de Maxi se llenó por completo con su cuerpo, que brillaba en tonos bronce bajo el resplandor de las llamas que danzaban en la chimenea.

—¿Tan indeseable te parezco?

—Ah... y-yo...

Él se inclinó sobre ella. Dos pupilas negras incrustadas en un rostro casi perfecto despedían un brillo aterrador. Su boca, apretada, se torció en una sonrisa cínica.

—¿Cómo podría yo, un caballero de baja cuna, esperar complacer a la orgullosa hija de un duque?

Maxi tembló sin control ante su tono desdeñoso. Como su esposa, ella era su posesión y estaba a su merced. Él tenía derecho a azotarla y someterla al castigo más cruel si así lo deseaba. Al darse cuenta de que se había ganado su desprecio, rompió en un sudor frío.

—Ven. Cumple con tus deberes matrimoniales.

Maxi quiso preguntar cuáles eran esos deberes, pero la pregunta jamás salió de sus labios. Mantuvo la mirada clavada en los pies de él mientras su cuerpo proyectaba una sombra oscura sobre ella. Un dedo largo y encallecido se alzó para levantarle la barbilla. Había algo sutil en su mirada que ella no supo descifrar.

—Un matrimonio se anula si no se consuma. ¿Quieres dejarme?

Ella tembló, sintiendo que se ahogaba en las profundidades de esas pupilas oscuras. Eso solo trajo otra mueca burlona a los labios de él.

—Habla ahora si quieres que me vista y me vaya.

—...

—No me detendré una vez que comencemos.

A Maxi se le secó la boca. Su padre jamás la perdonaría si dejaba que él se marchara. Recordando que nunca habían tenido opción desde el principio, cerró los ojos con fuerza y comenzó a desatar su cinturón con dedos temblorosos.

Temía más los golpes de su padre que la vergüenza que sufriría a manos de aquel hombre extraño. Si fracasaba, su padre no se detendría en una simple paliza. La castigaría brutalmente y enviaría a otro caballero a esa misma habitación en cuestión de días. No era más que una herramienta para la conveniencia de su padre.

Maxi se quitó las joyas una por una y las dejó junto a la cama en un silencio sofocante. El único sonido en la habitación era el crepitar de la leña ardiendo. La mirada de Riftan la traspasaba. Se bajó los tirantes de su vestido de lino y sacó los brazos de las mangas con volantes.

El aire nocturno se sintió frío contra su espalda y hombros desnudos. Sin atreverse a exponerse más, dejó de desvestirse, aferrando el vestido contra su pecho. Al verla vacilar, Riftan se arrodilló sobre la cama y le bajó el vestido.

—E-Espere...

El vestido se deslizó fuera de su cuerpo antes de que pudiera detenerlo. Se aferró desesperadamente a su falda. Riftan se impacientó.

—Aparta las manos.

—¿P-Por qué m-me lo q-quita...

Ella lo miró con confusión. Su rostro estaba oculto entre sombras, en silueta contra la luz. No poder ver su expresión solo intensificaba su terror.

—¿Quieres que me vaya? Decide de una vez.

Maxi contuvo los sollozos. Al bajar las manos con reticencia, el vestido se deslizó hasta su cintura. Riftan lo terminó de bajar y lo arrojó al suelo, provocándole escalofríos por toda la espalda.

—Ya no hay vuelta atrás.

Su voz profunda heló el corazón de Maxi. Sus manos ásperas y cálidas acariciaron el cuerpo tenso de ella. Ella lo empujó por instinto, solo para terminar atrapada con más firmeza en su abrazo cuando él le rodeó la cintura con un brazo. Al tocarse piel con piel, el cuerpo de él desprendía un calor desconocido que la hizo estremecer por una razón que no lograba explicar.

—N-No tan c-cerca...

Él continuó como si no hubiera oído su súplica tartamuda, e inclinándose, depositó un beso sobre su pecho. Los ojos de Maxi se abrieron de golpe por la impresión.

Unos labios cálidos recorrieron su piel suave. Un escalofrío la atravesó ante aquella sensación nueva. Al verlo hundir el rostro en su pecho como un recién nacido, la mente de ella se quedó en blanco.

—Relájate.

Con la palma encallecida, él le recorrió la espalda, paralizada de miedo. El aliento húmedo de él le erizó la piel.

Rozando la barbilla contra su piel suave, deslizó una mano bajo la prenda que cubría su cintura. Maxi dio un salto de sorpresa, con los labios temblando. Jamás había imaginado que la mano de un hombre invadiría esa región de su cuerpo.

—¿Q-Qué está h-haciendo...

—Quédate quieta. Te vas a lastimar si no te preparo.

Las piernas de Maxi se agitaron con impotencia. Apenas había intercambiado unos saludos con aquel hombre, y ahora... ahora él la tocaba en sus partes más íntimas con tanta naturalidad. No podía creerlo.

—P-Por favor, n-no...

Se aferró a los hombros firmes de él como si le suplicara. Ahora le tocaba a él temblar y estremecerse. Las manos de ella ardían al tocar su piel firme y suave, como si las hubiera envuelto alrededor de un hierro al rojo vivo.

Los labios de Riftan se movieron ligeramente. Pero en lugar de palabras, Maxi recibió un beso brusco. Él sabía a algo salvaje e indomable. Todavía intentaba comprender lo que ocurría cuando él le quitó la última prenda que le quedaba. Ella gritó, pero incluso ese grito fue devorado por otro beso.

—Maldición...

Él soltó una serie de maldiciones y gemidos. Maxi jadeaba como un pez fuera del agua. Él invadía partes de su cuerpo cuya existencia ella ni siquiera conocía.

Pataleó contra él, pero pronto sus piernas quedaron aprisionadas bajo el peso de aquel cuerpo implacable. Estaba atrapada como un animal indefenso entre las fauces de un lobo.

—Maldición, ya no puedo contenerme más...

Murmuró para sí con impaciencia, mientras sus dedos se adentraban aún más en ella. Maxi contuvo la respiración. Hacía tiempo que había olvidado las instrucciones de su nodriza sobre someterse dócilmente a la voluntad de su esposo. Bajo su tacto, el cuerpo de ella se sacudía y se retorcía como un pez boqueando por aire, abrumada por sensaciones impensables.

—¡N-No! ¡N-No, por favor... Oh!

Era inútil forcejear; no había posibilidad de escapar de sus besos y caricias rudas. Ella desgarró la almohada con las uñas.

No podía creer que algo tan grotesco estuviera sucediendo. Los ojos le ardían como si estuvieran en llamas, y la mente le daba vueltas.

¿Qué me está pasando?

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Etiquetas: Bajo el Roble C2
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