Bienvenida de vuelta
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Bajo el Roble - Capítulo 5

—Puede que sea un hombre de baja cuna, pero considero sagrados los votos matrimoniales —le espetó Riftan a una Maxi perpleja—. Me asombra que la hija de un duque muestre semejante desprecio por nuestros votos.

—¿D-Desprecio?

—Si no es desprecio, ¿entonces qué es? Te casaste conmigo, y aun así has ignorado mi existencia todo este tiempo. ¡No esperes que tolere más de esto!

Consternada, Maxi solo pudo mirarlo fijamente. ¿Cómo podía acusarla de algo así? ¡Había sido él quien se había ido a la mañana siguiente de la boda sin decir una palabra!

—¡N-Nunca lo h-he ignorado! U-Usted es q-quien...

—¡Basta! Como Lady Calypse, deberías haber partido hacia mi hacienda después de la noche de bodas. Sin embargo, durante tres años, has elegido quedarte en el opulento castillo de tu padre.

Riftan resopló con fuerza.

—Aunque, pensándolo bien, ¿cómo podría esperar que la hija de un duque renunciara a su posición para llevar la vida de una media viuda, esperando el regreso del cadáver de su esposo?

Desconcertada, Maxi no logró encontrar una réplica a sus acusaciones. Las palabras que él pronunciaba le resultaban incomprensibles.

—¿C-Cómo p-podría haber p-partido hacia su h-hacienda? N-No sabía d-dónde q-quedaba. U-Usted n-nunca me d-dijo nada...!

—¡Basta de mentiras! Dispuse todos los preparativos para que vinieras a vivir en mis tierras antes de partir a la campaña. En caso de que yo muriera, habrías heredado la hacienda. Puede que a la hija de un duque no le importe un pedazo de tierra insignificante, pero es un lugar que aprecio profundamente. Y era tu deber estar allí, y sin embargo lo dejaste abandonado.

Los ojos de él ardían de furia. No parecía estar mintiendo; no tenía motivo para inventar historias. Maxi tragó saliva.

—Y-Yo no lo s-sabía... U-Usted n-nunca dijo n-nada...

—Mis hombres me dijeron que te negaste a partir —dijo él, con la voz cargada de amargura—. Ahórrate las excusas. Durante tres años he sabido exactamente lo que piensas de mí. Y ¿por qué tiemblas, maldita sea? ¿Temes que te golpee?

—L-Lo siento. D-De verdad, n-no sabía n-nada de eso. D-Desperté esa m-mañana y u-usted ya s-se había ido... N-Nadie me d-dijo nunca nada.

Él entrecerró los ojos, como evaluando si ella decía la verdad. Como una prisionera esperando su sentencia, ella aguardó sus próximas palabras. Unos instantes después, él habló con un tono más suave.

—Aunque eso fuera cierto, deberías haber partido hacia mis tierras. El deber de una esposa es cuidar la casa de su marido. Si eso ni siquiera se te ocurrió, solo puedo interpretarlo como que este matrimonio no significa nada para ti.

Nuevamente, ella no encontró respuesta alguna. Su matrimonio no era tan insignificante para ella como Riftan imaginaba. Aun así, era cierto que no había aceptado el arreglo de todo corazón. Simplemente había pensado que ambos eran víctimas de su padre, y su matrimonio, un sacrificio inevitable. ¿Había sido Riftan sincero respecto a su matrimonio todo este tiempo?

—¿Qué habrías hecho si hubieras quedado embarazada?

—¿E-Embarazada?

Al oír la palabra inesperada, Maxi alzó la vista con un sobresalto. Las comisuras de la boca de Riftan se torcieron.

—Era posible que lo estuvieras. Cumplí con mis deberes a cabalidad aquella noche, ¿no es así?

Su tono sardónico le drenó la sangre del rostro. Los sucesos de aquella noche seguían siendo un recuerdo desgarrador y vergonzoso en su mente. Ahora sabía que todo matrimonio requería consumación, pero aun así, todo su cuerpo se estremecía al recordar los actos de aquella noche.

Riftan, sin embargo, hablaba de su noche de bodas como si hubiera sido un asunto trivial. Maxi tembló con un temor renovado. Al verlo, el rostro de Riftan se contrajo en una mueca, y golpeó el puño contra la pared del carruaje.

—¡No pongas esa cara! ¡Como si la sola idea de tener un hijo mío te enfermara!

Pero su feroz rugido se cortó de golpe cuando él saltó fuera del carruaje, con una mano en la empuñadura de su espada. Maxi gritó.

—¡Comandante! ¡Ogros!

—¡Lo sé! ¡Levanten un escudo alrededor del carruaje!

Después de gritar órdenes, Riftan se volvió hacia Maxi.

—¡Pase lo que pase, no salgas!

Cerró de golpe la puerta sin esperar respuesta. Un rugido atronador sacudió el suelo. Maxi se tapó los oídos con las manos.

Thud, thud.

Con cada temblor de la tierra, el carruaje se sacudía.

Se acurrucó en el suelo, sin atreverse a mirar por la ventana. Había oído rumores de que criaturas monstruosas habían sido avistadas cerca del ducado últimamente, pero no había esperado encontrarse con una a menos de una hora de haber dejado el Castillo Croyso. Todo su cuerpo temblaba.

—¡Detengan al ogro de una vez!

Al oír gritos urgentes que venían de afuera, tragó sus sollozos. El carruaje se sacudía violentamente. Los gritos de los caballeros se mezclaban con los chillidos inhumanos y espeluznantes de algo, creando ecos aterradores. Maxi hundió el rostro en su falda.

Thump, thump. El sonido sordo de algo golpeando el carruaje. Maxi levantó la vista, temiendo que el techo se viniera abajo. Entonces se sobresaltó de horror: un ojo enorme, verde e inyectado en sangre, la observaba a través de la ventana.

Gritó y saltó hacia el otro lado del carruaje, apoyando la espalda contra la pared. El mundo se puso de cabeza, y su cuerpo cayó hacia atrás. Buscó la pared para sostenerse, pero sus dedos encontraron el picaporte en su lugar. La puerta se abrió de golpe. Cayó fuera del carruaje y se estrelló contra el suelo.

Pálida de terror, Maxi se arrastró para intentar regresar a la seguridad del carruaje. Pero las piernas se le habían paralizado de miedo. Buscó desesperadamente ayuda a su alrededor, pero los demás estaban ocupados luchando contra los gigantes de piel cenicienta. Tendría que encontrar su propio camino hacia la seguridad.

Comenzó a arrastrarse hacia el carruaje cuando vio a un ogro acercándose a ella pesadamente, pisando fuerte con sus enormes pies. Chilló con todas sus fuerzas.

De repente, hubo un destello de luz brillante, y el ogro cayó de espaldas.

—¡Mi señora! ¡Debe entrar de inmediato! ¡Hay un escudo protegiendo el carruaje, es más seguro adentro!

Una mano tirándole del hombro sacó a Maxi de su aturdimiento. Sobresaltada, se giró y encontró a un hombre delgado observándola fijamente.

—Ogros de montaña, mi señora. La fortuna nos da la espalda, pero con Sir Riftan aquí, no tenemos de qué preocuparnos. ¡Por favor, regrese adentro!

—Y-Yo no q-quise salir. M-Me lanzaron...

Tartamudeando, Maxi intentó explicarse. La orden severa de Riftan, prohibiéndole salir, resonaba en sus oídos. No había tenido intención de estorbarles.

—E-El c-carruaje s-se sacudía, y...!

—¡Mi señora! ¡Entre!

El hombre la interrumpió con impaciencia. Ella dejó de hablar, encogiéndose ante su irritación. Tenía razón: no era momento de dar excusas. Después de recomponerse, había comenzado a subir de nuevo al carruaje con pasos inestables cuando escuchó otro golpe sordo.

Se dio la vuelta y vio sangre brotando como una fuente del torso partido en dos de un ogro. Maxi se tapó la boca con una mano. Su estómago, tenso por la ansiedad de los últimos días, se retorció ahora dolorosamente. Algo agrio le subió por la garganta.

Intentó contener el líquido, pero fue en vano. Bilis aguada salpicó el suelo, y la garganta le ardió.

—¡Mi señora!

Alarmado, el hombre le rodeó los hombros temblorosos con un brazo. Maxi jadeaba y se sujetaba el estómago, con lágrimas ardientes acumulándose en los ojos. Sentía como si algo le desgarrara las entrañas.

—Cielos... ¿Se encuentra bien, mi señora?

Maxi boqueó en busca de aire. Pensó que las palmaditas en la espalda podrían calmarla, pero las náuseas no cedían.

—¡¿Qué pasó?!

Al oír la voz preocupada de Riftan, logró levantar la vista. Él estaba de pie frente al cadáver partido del ogro. Sin darse cuenta de lo que hacía, comenzó a retroceder alejándose de él. Él avanzó hacia ella. Con cada zancada, dejaba una huella rojo oscuro en el suelo. La hoja larga y afilada de su espada brillaba en un tono azulado, con sangre goteando desde el filo.

Su armadura, blanco plateado salpicado de sangre oscura, le daba un aspecto espectral.

En su retirada, Maxi perdió el equilibrio y trastabilló. Puso una mano sobre el carruaje para sostenerse. El rostro de Riftan se volvió borroso, ondulando como humo ante ella. El mundo daba vueltas. Su vista se oscureció, y los sonidos se volvieron confusos mientras se hundía en las profundas tinieblas de la inconsciencia.


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Etiquetas: Bajo el Roble C5
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