Riftan torció los labios con cinismo ante la pregunta de Maxi.
—Como te he dicho muchas veces, eres mi esposa. Hemos yacido juntos, aunque haya sido hace tres años. ¿De qué te avergüenzas tanto?
Un intenso rubor teñó el cuerpo de Maxi de pies a cabeza. Al percibir su angustia, el rostro de Riftan se ensombreció.
—¡Lo único que hice fue cambiarte de ropa, y me miras como si te hubiera violado! ¡No debiste desmayarte si no querías que te tocara!
Maxi se encogió mientras él iniciaba una perorata sobre las damas nobles frágiles que se desmayaban con cualquier cosa. Con los ojos brillantes de lágrimas, susurró una débil disculpa.
—L-Lo siento.
Él cerró la boca con fuerza y salió de la habitación. Maxi bajó la cabeza. No había pasado ni un día desde su regreso, y ya lo había enfadado incontables veces. ¿Era sensato acompañarlo hasta su hacienda?
Se mordió los labios con ansiedad. Ahora él la consideraba su esposa, pero podía cambiar de opinión en cualquier momento; era solo cuestión de tiempo. Incluso ahora resultaba evidente que ella le desagradaba, y sin duda se volvería más cruel en cuanto se diera cuenta de lo inútil que era.
Como caballero distinguido, cuyo nombre era conocido en todo el continente, Riftan sería invitado a incontables festividades y banquetes. Maxi sabía mejor que nadie que no era alguien de quien él pudiera enorgullecerse en tales reuniones. Él se daría cuenta de eso tarde o temprano y comenzaría a maltratarla. ¿No sería mejor regresar al Castillo Croyso cuanto antes y suplicar clemencia a su padre?
Se imaginó a Riftan de pie, erguido, espada en mano. Le había bastado un solo golpe para partir en dos a un monstruo tres veces su tamaño. Una paliza a sus manos le causaría un daño inimaginable.
Pero hasta ahora no me ha golpeado ni una sola vez.
Frunció el ceño ante ese pensamiento repentino. Él no había alzado las manos contra ella ni siquiera cuando estaba consumido por la ira. Quizás no era un hombre tan cruel como su padre. Pero aplastó sus esperanzas antes de que pudieran florecer. Apenas se habían reencontrado; no había forma de saber cómo evolucionaría su relación.
Todavía sumida en sus pensamientos cuando la puerta se sacudió. Riftan entró en la habitación con una bandeja de sopa humeante y pan en las manos.
—Sopa de verduras y pan de cebada. Come algo antes de dormir. Mañana partimos al amanecer.
Colocó la bandeja en el estante junto a la cama.
Maxi parpadeó confundida. Él había salido furioso apenas unos instantes antes, pero ahora estaba allí, trayéndole comida como si nada hubiera pasado. Era verdaderamente impredecible.
Le puso una cuchara de madera y el cuenco de sopa en las manos.
—¿Qué esperas? Come mientras está caliente.
—G-Gracias...
Removió la sopa, soplándola antes de llevarse una cucharada a los labios. Estaba caliente, pero no tanto como para quemarle la lengua. Aunque no tenía apetito, unos cuantos bocados de sopa sabrosa ayudaron a asentarle el estómago.
Le lanzó una mirada furtiva a Riftan mientras removía el contenido del cuenco. Él había arrastrado una silla junto a la cama y estaba puliendo su espada. Sin la armadura, con sus largas piernas descansando lánguidamente, parecía dos o tres años más joven de lo que era.
—¿Por qué no comes?
Era como si tuviera ojos en la nuca. Maxi se sonrojó, avergonzada de que la hubiera descubierto mirándolo a hurtadillas.
—Y-Yo solo... q-quería p-preguntarle...
Tartamudeando, removió la sopa con desgano. Él se giró para mirarla.
—N-No tengo r-ropa para c-cambiarme...
—Ya es tarde, así que te compraré ropa nueva mañana.
—¿Y q-qué hay de m-mi ropa...?
—Le pedí a las criadas de la posada que la lavaran.
Riftan estudió su reflejo en la hoja de su espada. Ella vaciló un largo rato antes de volver a abrir la boca.
—¿P-Podría al m-menos d-devolverme mi r-ropa interior...?
Inesperadamente, un intenso rubor se extendió por el rostro de Riftan. Se frotó la cara con un movimiento brusco antes de recobrar una actitud despreocupada.
—Se rasgó. Tuve que tirarla.
—¿P-Perdón...?
—Se rasgó cuando te la estaba quitando, así que la tiré.
Ella se estremeció ante su tono brusco, pero continuó presionándolo.
—¿P-Por qué m-me quitó la r-ropa interior...?
La pregunta pareció tomarlo por sorpresa. Comenzó a musitar una respuesta, evitando su mirada.
De repente le lanzó una mirada furiosa a Maxi, que todavía aferraba la manta como un escudo.
—¡No tuve otra opción! No podías respirar, y tu rostro se estaba poniendo azul. ¡Esa ropa interior tan espantosa que llevabas te estaba estrangulando, así que intenté aflojar los tirantes! Solo tiré del n-nudo... Demonios, ¿cómo iba a saber que la falda estaba cosida al corpiño?
A ella le ardieron las mejillas, y el cuero cabelludo le pareció a punto de echar vapor. Al saber que él había visto su ropa interior, quiso hundirse en el suelo. Había sido su nodriza quien la había obligado a ponérsela, convencida de que la ayudaría a ganarse el afecto de su esposo.
Se había puesto aquella prenda espantosa por la insistencia obstinada de su nodriza, pero jamás había imaginado que Riftan la vería. Hundió el rostro entre las manos, tragándose el impulso de saltar por la ventana.
Riftan suspiró.
—No pongas esa cara. Te conseguiré ropa interior nueva mañana. ¿Quieres tomar prestada la mía por ahora?
—¡N-No! N-No es n-necesario...
Negó con la cabeza. No sentía el más mínimo deseo de usar ropa interior de otra persona, mucho menos de él. Al mismo tiempo, se sentía incómoda vistiendo solo una túnica suelta. Volvió a juguetear con la cuchara, tratando de leer su expresión. Pero eso solo hizo que él la mirara con frustración.
—¿Vas a estar removiendo la sopa toda la noche? Termínala. Ni siquiera has tocado el pan.
Rápidamente se llevó unas cucharadas de sopa a la boca. Pero era su costumbre comer como un pájaro, y aún sentía una leve molestia en el estómago. Insegura de si podría soportar el pan tosco, tomó unos sorbos de sopa antes de bajar el cuenco.
—No terminaste ni la mitad.
—N-No tenía a-apetito...
—No seas quisquillosa. No podrás conseguir nada extravagante hasta que lleguemos a mi hacienda. Come, aunque el sabor no te agrade. ¿Cómo soportarás el viaje si no?
Él la reprendió como si fuera una niña mal educada, haciéndola sonrojar.
—¿Piensas ponernos a todos en apuros muriéndote de hambre y desmayándote durante todo el viaje?
—V-Voy a comer...
Se obligó a tragar unas cuantas cucharadas más, pero tuvo que detenerse cuando el estómago se le revolvió. Al verla bajar la cuchara tan rápido, Riftan frunció el ceño pero no insistió más. Le quitó la bandeja con un suspiro.
—Ya puedo adivinar que va a ser todo un dolor de cabeza intentar satisfacer el paladar de la noble dama.
Se dio la vuelta, chasqueando la lengua. Ella encogió los hombros para hacerse pequeña. El humor de él cambiaba como el viento; había traído su cena con amabilidad, solo para estallar en otro arrebato de ira poco después, y ella jamás lograba adaptarse con la rapidez suficiente. Pensamientos abatidos le llegaban uno tras otro.
¿Tanta molestia le causo? Seguramente se arrepiente en secreto de haberme traído. ¿Por qué me hizo venir con él...?
Maxi había estado avanzando con cautela, pero ya no podía contener su curiosidad.
—¿P-Por qué me está l-llevando c-con usted?
—¿Qué?
Riftan se detuvo en seco. Había estado caminando hacia la puerta con la bandeja en las manos, pero ahora se giró para mirarla.
—¿A qué te refieres?
—Sé q-que no se c-casó conmigo p-porque quisiera... así que no s-sé por qué me l-lleva c-conmigo...
El rostro de él se endureció. Ella contuvo la respiración, sin saber si había sido su tartamudeo o su pregunta lo que le había hecho fruncir el ceño. Continuó con voz entrecortada.
—N-Nosotros... quiero d-decir, no nos c-conocemos lo s-suficientemente bien como para ser m-marido y m-mujer... Un h-hombre como usted no t-tiene que l-llevarme... p-podría tener a c-cualquier m-mujer...
—¡Cierra la boca!
Riftan caminó de vuelta con paso pesado hacia su cama y azotó la bandeja, fulminándola con la mirada.
—¡Si no quieres venir conmigo, dilo de una vez!
—N-No, e-eso no es lo q-que...!
—¡No intentes engañarme! ¡Mi castillo puede que no sea tan grande como el Castillo Croyso, pero es más que suficiente para albergar a una mujer menuda como tú! ¡Tengo oro, si es oro lo que quieres, maldita sea! ¡Seguirás viviendo con lujos, así que basta de tonterías!
Ella se encogió como una tortuga asustada. ¿Por qué pensaba él que el lujo era su mayor preocupación? Gesticulando frenéticamente con las manos, trató de refutarlo.
—¡E-Eso no es lo que m-me preocupa! S-Solo m-me preguntaba por qué me l-lleva con usted...
—¡Eres mi esposa! ¡Nuestro matrimonio es reconocido por la iglesia! ¿Por qué necesitaría una razón para llevarte a casa? ¡Fuiste tú quien se quedó en el castillo de tu padre incluso después de la boda!
—Si u-usted quiere el d-d-divorcio...
—¿Qué?
La sujetó de los hombros con brusquedad. Al oír su voz cargada de furia, Maxi se paralizó, sintiéndose como un ratón frente a una serpiente siseante. Quizás esta vez sí la golpearía. Cerró los ojos con fuerza, aterrada, preparándose para el golpe que nunca llegó.
Maxi entreabrió los ojos y vio un par de pupilas negras brillando con una furia gélida. Las manos sobre sus hombros temblaban como si apenas pudieran contener su ira.
—¿Divorcio? ¿Estás diciendo que quieres el divorcio?
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