—Ahora te toca a ti —dijo Riftan.
Maxi intentó enmascarar su ansiedad. Riftan parecía ajeno a su agitación.
—A m-í también me g-usta lo que le g-usta a la m-ayoría de la gente.
—Esa no es una respuesta justa. Dame una apropiada.
Maxi pensó un momento antes de volver a hablar.
—C-Como he d-icho antes, me g-ustan los a-nimales. Perros, g-atos, caballos... p-ollitos y conejos también.
—¿Qué más?
—Me g-usta leer. En el C-Castillo Croyso, pasaba la m-ayor parte de mi t-iempo en la b-iblioteca.
—Rodrigo sí mencionó que pasas una buena parte de tu tiempo aquí en la biblioteca.
—S-Sí. Hay t-antos libros r-aros aquí. A-Aunque Ruth tiende a u-sarlos como su m-anta...
—¿Debería expulsar al bribón de ahí?
—J-Jamás t-erminaría de escuchar sus q-uejas si lo h-iciera.
Una línea le surcó la frente a Riftan cuando vio el terror en el rostro de Maxi. Le dedicó una mirada críptica.
—Parece que ustedes dos se han estado llevando bien.
—Me a-yudó m-ucho con las r-emodelaciones. Es q-uisquilloso y r-egaña, p-ero es una b-uena persona.
Su respuesta solo pareció irritar a Riftan. Se giró para no mirarla.
—Tienes razón. Es quisquilloso y habla demasiado, pero es un tipo recto.
Cabalgó en silencio, perdido en sus pensamientos.
—¿Qué es lo que odias, entonces? Tendrás que responder eso para que sea un intercambio justo.
Los azotes, los gritos y las palizas fueron lo primero que le vino a la mente, pero Maxi no podía revelar eso. Aun así, no quería mentirle a un hombre que había dicho que detestaba más que nada a los mentirosos. Vaciló antes de soltar de golpe una respuesta.
—A m-í misma.
Riftan parpadeó como si no hubiera entendido.
—M-Me odio a mí m-isma más que a n-ada —repitió Maxi.
Justo entonces, llegaron al final del sendero, y un vasto prado apareció a la vista. Antes de que Riftan pudiera presionarla más, Maxi espoleó a su caballo hacia un galope colina arriba.
Para su sorpresa, Maxi descubrió que se estaba divirtiendo. Cabalgar por un campo abierto era mucho más fácil que navegar por un sendero de montaña sinuoso. Mientras galopaba por el prado dorado, iluminado por el sol invernal, su postura mejoró naturalmente. Cuando se detuvo a descansar en la cima de la colina, descubrió que estaba sentada erguida.
—Traje algo de vino.
Riftan desmontó junto a un gran árbol en la cima de la colina. Luego le rodeó la cintura con el brazo y la bajó del caballo como si pesara poco más que una pluma.
—Tu cuerpo se siente caliente. Y puedo sentir tu corazón latiendo como un tambor.
Maxi se limpió las gotas de sudor de la frente e intentó recuperar el aliento. Tal como Riftan había dicho, todo su cuerpo palpitaba.
—D-De verdad se siente c-omo si un p-equeño tambor e-stuviera latiendo dentro de mí.
—Es una manera entrañable de expresarlo.
Le plantó un beso en la mejilla sonrojada antes de bajarla al suelo. Luego caminó hacia el gran árbol, extendió su capa debajo de él, y se sentó. Maxi se acercó a unírsele. Mientras la brisa invernal le enfriaba el cuerpo, se acercó más la bata al cuerpo. Observó cómo el viento ondulaba a través de los campos dorados en el pueblo al pie de la colina.
—E-Este lugar es h-ermoso.
—Es aún más hermoso en la primavera cuando florecen las flores silvestres.
Maxi sintió que el corazón se le hinchaba de anticipación. Era una sensación nueva; jamás había pensado que llegaría el día en que se atrevería a tener esperanza por algo. Se sentía ansiosa y feliz al mismo tiempo.
—Acércate más. Te dará frío si tu sudor se enfría.
Riftan se recostó contra el tronco del árbol y le envolvió la capa alrededor. Maxi bebió del pequeño odre de vino que él le había entregado. Aunque estaba sentada en su regazo, no se sintió incómoda como se había sentido cuando él la había provocado antes. De hecho, tener sus brazos poderosos alrededor de ella se sentía natural.
—Déjame dar un sorbo.
Riftan le rodeó la cintura con un brazo y apoyó la barbilla en su hombro. Maxi le llevó el odre a los labios y cuidadosamente inclinó el recipiente. Él tomó unos cuantos tragos antes de apartarse.
—¿Por qué no te gustas a ti misma?
Parecía que Riftan no tenía intención de dejar el tema. Maxi movió los ojos incómoda. ¿No le era obvia la razón? Hablaba como una completa y absoluta tonta. Aun así, encontró divertido el hecho de que él continuara fingiendo ignorancia.
—¿N-Nunca se ha d-isgustado a sí m-ismo?
—Lo he hecho, incontables veces.
Pareció relajarse un poco. Mientras le presionaba los labios contra la frente, ella se dio cuenta de que sus palabras debieron haberlo turbado durante todo el tiempo que habían estado cabalgando.
—Pero jamás me he disgustado a mí mismo tanto como para que fuera lo primero que me viniera a la mente.
—E-Eso es porque n-o hay mucho q-ue disgustar sobre u-sted.
Riftan se veía divertido.
—¿Es así?
—E-Estoy segura de que u-sted lo sabe m-uy bien u-sted mismo.
—No puedo decir que lo sepa. Ilumíname.
Maxi lo miró desde abajo, incrédula.
—U-Usted es uno de los m-ejores caballeros del r-eino. Es f-uerte, a-lto, y a-stuto...
—Nadie me ha llamado astuto antes, aunque muchos me han llamado un patán torpe.
Maxi frunció el ceño. Era cierto que Riftan a menudo carecía de cortesía y era tosco en el habla, pero estaba lejos de ser un patán. Sus ojos siempre tenían una mirada aguda, y sus palabras revelaban una perspicacia penetrante. A veces tenía la sensación de que él podía ver directamente a través de ella.
—Si r-ealmente fuera t-orpe de mente, no s-ería tan r-espetado.
Los labios de Riftan se torcieron en una sonrisa cínica como si no estuviera del todo listo para estar de acuerdo. Recostó la cabeza contra el árbol.
—¿Qué más? —preguntó con frialdad.
—T-Iene h-onor, es un gran l-íder, y es... a-puesto.
—¿Crees que soy apuesto?
—U-Usted sabe que sí.
—¿Cómo sabría yo si me encuentras atractivo o no?
Maxi parpadeó con incredulidad.
—T-Tengo ojo para la b-elleza, como t-odos los demás.
—Cada vez que visitaba el Castillo Croyso, te estremecías al verme como si fuera un ogro. Ciertamente no era una mirada de admiración. Ni siquiera el rostro arrugado de un duende habría provocado semejante mirada de horror.
—J-Jamás he visto un d-uende antes.
—Sabes que ese no es mi punto.
Riftan le levantó la barbilla para que sus ojos se encontraran con los de él.
—Cada vez que me acercaba a ti, parecías a punto de desmayarte.
Su tono acusatorio la puso nerviosa. Había sido ajena al hecho de que él la había notado antes de su boda, y se sorprendió al saber que había observado su reacción.
—Y-Yo estaba... a-sustada de usted. E-Era intimidantemente g-rande, y s-iempre tenía este aire h-elado a su a-lrededor. Parecía como si s-iempre estuviera e-nojado.
Riftan permaneció en silencio. Maxi se removió incómoda en sus brazos.
—¿Todavía te resulto aterrador?
Maxi negó lentamente con la cabeza. Riftan estudió su rostro un momento, luego bajó lentamente los labios para encontrarse con los de ella. El beso tenía un tipo diferente de calidez de los besos juguetones con los que la había provocado antes en el día. Cuando sintió su lengua suave entrar en su boca, Maxi soltó un gemido bajo.
Con una mano acunándole el cuello, Riftan le acarició suavemente el cabello despeinado por el viento mientras le succionaba la lengua. Un hormigueo le recorrió la espalda a Maxi. Sintió que el pecho se le tensaba. Mientras Riftan le tomaba el pecho con una mano y apretaba suavemente, el calor comenzó a hervir dentro de ella.
—R-Riftan... e-estamos afuera.
—Está bien. Solo somos tú y yo aquí. Si alguien se acerca, podré notarlo de inmediato.
El calor que emanaba de su cuerpo la hizo temblar. No había notado su excitación por su expresión calmada. Cuando Riftan la atrajo más cerca y le alzó el dobladillo del vestido, Maxi lo miró desde abajo, sobresaltada. Sus ojos ardían de deseo.
—No tengas miedo. Jamás te lastimaría.
Sintiendo sus palabras resonar dentro de su pecho, Maxi contuvo la respiración mientras lo miraba desde abajo. Él apoyó la frente contra la de ella y le rozó la nariz con la suya antes de bajar a succionarle los labios. Un dedo largo se deslizó bajo su vestido y comenzó a acariciarla suavemente entre los muslos. Maxi se aferró a su cabello suave.
Jamás me lastimaría.
—Hueles a invierno —gimió él, hundiendo el rostro en su cuello para respirar su aroma.
Maxi pensó para sí que Riftan también olía a la brisa fresca del invierno. El almizcle penetrante de la corteza de árbol y el leve aroma de los caballos le llenaron los pulmones.
—Maldición. Quiero besar cada parte de ti, pero si te desnudo aquí afuera, te enfermarás.
Riftan le acarició impacientemente el cuerpo sobre el vestido. Maxi no sintió frío por el calor que ardía dentro de ella, pero no se lo dijo a Riftan, incapaz de reunir el valor para yacer desnuda en un campo abierto. Ya estaban haciendo algo que no debían hacer. Aun así, no podía obligarse a apartarse de él.
Riftan le succionó y mordisqueó el cuello mientras rápidamente se desataba las correas de sus pantalones. Sentada dentro de su capa, Maxi se subió el vestido hasta la cintura. Lo sintió entrar lentamente en ella. Cuando sintió que la estiraba hasta su límite, soltó un grito. Riftan la calmó acariciándole suavemente las caderas y besándole el cuello.
—Jamás volveré a lastimarte, Maxi. Está bien.
Maxi no lograba recordar que él alguna vez le hubiera hecho daño ni la razón por la que alguna vez le había tenido miedo. Se sentía como si Riftan Calypse siempre hubiera sido parte de ella. Maxi se aferró a su cuello como una mujer ahogándose.
Riftan le sujetó las caderas y se empujó más profundo dentro de ella. Mientras sus cuerpos se fusionaban, todo su cuerpo palpitaba, y el sonido del viento se volvió más distante. Comenzó a moverse encima de él, imitando sus movimientos sobre el caballo. Lo tomó hasta la empuñadura y se apretó alrededor de él antes de soltarlo con reticencia, repitiendo el movimiento una y otra vez.
Su corazón martilleaba, y su mente se disolvió extáticamente bajo su lluvia de besos.
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