Riftan casi tuvo que arrastrar a Maxi de vuelta al castillo en su caballo. Después de cargarla hasta su recámara, la bañó en agua tibia, la vistió y la alimentó, y la recostó sobre su pecho para arrullarla hasta dormirla.
Esta no era la primera vez que Riftan la había cuidado con tanta ternura. Cuando estaban juntos, actuaba de manera poco diferente a una nodriza. Constantemente intentaba alimentarla, y era particularmente firme en que se bañaran juntos. Por las mañanas, le gustaba arrebatarle el peine a Ludis para peinar el cabello de Maxi él mismo.
Semejantes acciones la desconcertaban. Toda su vida, le habían dicho que la cortesía, el desinterés cortés, y el deber eran todo lo que constituía la relación entre marido y mujer. Jamás había escuchado que un hombre tratara a su esposa con semejante afecto.
Maxi se preguntó si la mayoría de los esposos eran de hecho tan cariñosos como Riftan. Podría ser que simplemente no le hubieran hecho partícipe de ese hecho. Después de todo, había llevado una vida enclaustrada dentro de los muros del Castillo Croyso. Se le había permitido salir del castillo solo para visitar la iglesia, y hasta esas visitas habían sido prohibidas cuando había cumplido catorce años.
Todo lo que sabía sobre el mundo exterior venía de fragmentos de conversación que había escuchado de invitados en el castillo. Las dos personas que más habían moldeado su visión del mundo, sin embargo, eran su padre y Rosetta, cuyo cinismo no conocía límites. Últimamente, la había golpeado la sensación de que su conocimiento del mundo quizás no fuera preciso.
—Es hábil con las manos, mi señora.
La voz de Ruth la sacó de sus pensamientos. Él estaba inspeccionando sus cálculos con una sonrisa satisfecha.
—Y aprende rápido, también. Debo decir que me sorprende.
Insegura de si sus palabras eran un cumplido, Maxi sonrió con ironía.
—H-Hacer lo m-ismo una y otra vez t-iende a hacer a uno más r-ápido.
—Casi hemos terminado. A este ritmo, podremos terminar el dispositivo para mañana.
Maxi suspiró de alivio y se frotó el cuello rígido. Su entusiasmo inicial no había durado mucho. Se había cansado de los interminables cálculos y del dibujo de diagramas, y la mera vista de un pedazo de pergamino era suficiente para hacerla retroceder.
—N-No sabía que r-ealizar magia requería t-odos estos d-ocumentos. Pensé q-ue sería más e-spectacular...
—La magia es una de las formas más elevadas de aprendizaje, mi señora. Requiere cálculo e investigación meticulosos. Solo durante la batalla llegas a ver semejantes espectáculos. Los hechiceros de la Torre de los Magos jamás llegan a experimentar semejante gloria. Pasan toda su vida haciendo diagramas como estos.
Maxi se detuvo en su trabajo y le lanzó a Ruth una mirada inquisitiva.
—¿Era u-sted m-iembro de la T-Torre de los Magos?
—Sí, en algún momento.
Los ojos de Maxi se abrieron de par en par. La Torre de los Magos, también conocida como Nornui, era una isla artificial en el Océano Issyriano que había sido construida por los magos de la antigüedad. Era el lugar de nacimiento de los magos y el mayor repositorio de conocimiento, e incluso Maxi había oído hablar de la torre incontables veces antes de su matrimonio.
Hogar de sabios que protegían el orden mundial, Nornui era un territorio neutral que jamás intervenía en los asuntos de otros estados.
Ruth, sin embargo, parecía desencantado. Comenzó a murmurar con disgusto.
—Los hechiceros de la Torre de los Magos deben aceptar ciertas restricciones en el momento en que se convierten en magos superiores. A cambio de aprender la magia peligrosa y clasificada de Nornui, se les coloca bajo vigilancia constante para evitar que perturben el orden mundial usando la magia para beneficio personal. Por eso me fui.
—¿E-Está eso p-ermitido?
—Ciertamente no, por lo que los magos de Nornui todavía me tratan como a un traidor.
El tono de Ruth era indiferente. Maxi se preguntó si todos los magos eran tan descarados como él.
—E-Entonces, ¿conoció a R-Riftan después de d-ejar la torre?
—En efecto. Lo conocí no mucho después de convertirme en mercenario. Para entonces, ya era una figura notable.
Los ojos de Maxi se iluminaron de curiosidad.
—¿P-Por qué?
—Por razones obvias. Era increíblemente bien parecido y extraordinariamente bien constituido para un joven de dieciséis años, y tenía nervios de acero. Todos pensaban que era un chiflado en ese entonces, también.
—¿Un c-hiflado?
Los ojos de Maxi se abrieron de par en par ante la elección tosca de palabra. Ruth negó lentamente con la cabeza como para sugerir que esa era la expresión más cortés que se le ocurría para describir a Riftan.
—El muchacho no conocía el miedo. Peleaba contra ogros armado solo con una daga, o se lanzaba dentro de la boca de un dragón menor para cortarle el cráneo. Hacía todo tipo de cosas descabelladas sin pestañear... Los recuerdos todavía me dan escalofríos. Yo era un manojo de nervios cada vez que tenía que completar una misión junto a él.
Maxi lo miró boquiabierta de horror, un sudor frío corriéndole por la espalda. Pensar que Riftan había sido tan imprudente a la tierna edad de dieciséis años... Había sido incluso más joven que Rosetta, quien estaba en plena flor, y que el joven y animado escudero Ulyseon. Maxi se lamió los labios secos.
Con voz temblorosa, preguntó:
—¿S-Sigue siendo t-an imprudente?
—Incluso ahora, se lanza hacia adelante sin consideración por su seguridad física. Pero ya no toma las apuestas peligrosas que solía tomar. Para ser precisos, ya no necesita hacerlo. Es lo bastante poderoso como para matar a la mayoría de los monstruos sin ponerse en peligro. La única vez que lo vi arriesgar su vida en estos últimos años fue durante la Campaña del Dragón.
—¿Q-Ué pasó? —preguntó Maxi, incapaz de contenerse.
Ruth soltó un profundo suspiro.
—Sir Riftan tiene la habilidad inusual de absorber temporalmente la magia de su enemigo y transferirla a su espada. No era algo con lo que naciera, sino una habilidad que ganó después de años de batallar contra monstruos. Supongo que estar constantemente cubierto de bilis y sangre de monstruos tuvo algo que ver con eso.
Así que para responder a su pregunta, fue esa habilidad la que ayudó a Sir Riftan a derrotar al Dragón Rojo. Atravesó el Aliento del Dragón —la magia más poderosa que existe en el mundo natural— y transfirió la magia del dragón a su espada, que luego usó para cortarle la cabeza a la criatura.
Maxi se estremeció, imaginando a Riftan lanzándose de cabeza hacia las llamas del dragón. Ruth apretó los dientes. El solo recuerdo parecía suficiente para hacerle castañetear los dientes.
—El más mínimo error podría haberlo convertido en cenizas, aunque es gracias a esa valentía que ahora es considerado el caballero más valiente del continente.
Maxi había escuchado elogios sobre el desempeño de Riftan durante la campaña, pero había sido despreocupadamente ajena a lo temerarias que habían sido sus hazañas. Riftan podría haber muerto, y ella quizás nunca habría tenido la oportunidad de conocerlo. Su desdichada primera noche juntos podría haber quedado como el único recuerdo que tenía de él. Todo su cuerpo tembló.
—No tuve intención de asustarla, mi señora —murmuró Ruth con sorpresa al verla palidecer—. Esa no era una conversación apropiada para tener con usted. ¡Maldición! Mis disculpas. Estar en compañía de hombres alborotadores puede volver a uno bastante desconsiderado.
—F-Fui yo q-uien preguntó.
Ella dudaba que fuera su compañía lo que lo volvía desconsiderado, pero decidió no expresar el pensamiento.
Maxi se puso a trabajar en silencio. Su mente estaba en tumulto. Como caballero, Riftan tendría que enfrentar peligros de nuevo en el futuro. Una vez que el invierno terminara, tendría que responder al llamado del Rey Reuben y liderar a sus caballeros en otra campaña. Ese era el deber de un caballero. ¿Quién sabía si regresaría de la próxima batalla?
Riftan era poderoso, pero no era invencible.
El pensamiento fue suficiente para ahogarle el aire en los pulmones a Maxi. No se había dado cuenta de lo frágil que era su estado actual de comodidad y felicidad.
—Veo que está distraída. —Ruth entrecerró los ojos mientras escudriñaba el escritorio para evaluar su progreso. Bajó la pluma—. ¿Por qué no nos detenemos aquí por hoy?
Maxi se levantó y salió de la biblioteca para atender a los nuevos sirvientes que llegarían ese día. Le había pedido a Aderon que contratara a treinta sirvientes hábiles después de discutir el asunto con Riftan.
Saludó a los nuevos contratados y asignó sirvientes para entrenarlos. Cuando eso terminó, se dirigió a la cocina. La recibió un torbellino de actividad como de costumbre, pero con los preparativos de invierno casi completos, el lugar ya no parecía un campo de batalla. Una vez que los preparativos terminaran, el tiempo se ralentizaría en el castillo, y Maxi ya no tendría que apresurarse frenéticamente.
—Veremos la primera helada en unos días, mi señora —dijo Rodrigo.
El mayordomo se estremeció y se ciñó el abrigo más cerca de sí mismo. La temperatura había descendido notablemente en los últimos días.
—¿P-Odremos terminar t-odas las prendas de i-nvierno p-ara entonces?
—Me han dicho que casi están listas, mi señora. Con la ayuda adicional, deberían estar terminadas antes de la ola de frío.
Como su tarea final del día, Maxi inspeccionó las habitaciones del castillo para asegurarse de que tuvieran suficiente leña. Luego pudo retirarse a su habitación para escribir su registro diario.
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