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Bajo el Roble - Capítulo 17

—¡R-Riftan...!

—Quédate quieta. Dijiste que necesitabas descansar.

—¡P-Puedo caminar! ¡B-Bájeme!

Ignorando las protestas de Maxi, Riftan continuó subiendo las escaleras. En lo alto había un vasto salón con una alfombra rojiza de patrones intrincados, que conducía a una pesada puerta de roble. Riftan cruzó el salón y, al llegar a la puerta, la sostuvo con un brazo y giró el picaporte con el otro.

—Al menos la habitación está en mejor estado —dijo, dejándola sobre la cama.

Maxi miró con curiosidad a su alrededor, la ordenada y acogedora recámara. El suelo estaba cubierto por una alfombra estampada, y en el centro de la habitación se alzaba una columna de madera elegantemente tallada. Junto a la cama había una chimenea y una gran ventana arqueada. El resplandor del atardecer, filtrándose por el vidrio, iluminaba el diván largo y el estante que se habían colocado junto a la ventana.

Maxi rozó con los dedos el velo que colgaba de la esquina de la lujosa cama de madera de cerezo, cubierta con ropa de cama de lana gruesa. La recámara, al menos, parecía haber recibido atención especial de los sirvientes.

—Todo aquí debe parecerte tan pobre —dijo Riftan, observando a Maxi con inquietud.

Ella le lanzó una mirada de desconcierto. Él se pasó una mano por el rostro y soltó una maldición.

—Malditos necios. Les dije con claridad...

—N-No. E-Esta habitación es preciosa. El c-castillo también... Y la c-cama es m-maravillosa.

—No te molestes. He visto el Castillo Croyso suficientes veces como para saberlo mejor. Comparado con el castillo de tu padre, este lugar es un granero miserable.

—¡N-No! E-Eso no es cierto.

Pero la exclamación de Maxi debió sonar hueca, pues no logró borrar el ceño fruncido de él. Ella bajó la mirada, lamentando su lengua torpe. De repente, Riftan le lanzó una mirada irritada.

—¡Es tu trabajo decorar nuestro hogar! El castillo no habría caído en semejante estado de deterioro si hubieras venido aquí antes. En ausencia del señor, es deber de la dama administrar el castillo.

—Yo... l-lo siento.

—Maldición. Lo que quiero decir es... ¿por qué no decoras este lugar a tu gusto? Te daré todo el oro que necesites para comprar lo que quieras. Adornos costosos, alfombras nuevas...

Maxi parpadeó ante la sugerencia inesperada.

Riftan continuó animadamente.

—A las mujeres les encanta decorar y elegir muebles, ¿no? Puedo conseguirte más sirvientas para que te ayuden.

Al ver la expectativa en el rostro de Riftan, a Maxi le brotó un sudor frío. Había prestado poca atención cuando su nodriza le había dado lecciones sobre los deberes de una dama, dudando de que algún día tuviera oportunidad de ponerlos en práctica. Al no haber puesto jamás sus conocimientos en acción, no tenía ni una pizca de confianza en sus habilidades.

—¿No quieres?

Riftan entrecerró los ojos al no recibir respuesta. Maxi negó con la cabeza apresuradamente, reacia a hacer nada que pudiera poner fin a la generosidad de su esposo.

Días de viaje le habían enseñado una cosa: Riftan Calypse no tenía la menor idea del trato que ella había sufrido en el Castillo Croyso. A sus ojos, Maxi era una dama culta que había crecido entre lujos y como el ojo derecho de todos. Y por más tosco que fuera, se esforzaba al máximo por tratarla como tal.

Maxi sintió que se le secaba la boca. Su padre probablemente estaba en la raíz de aquel malentendido. Avergonzado por la tartamudez de su hija mayor, el Duque Croyso jamás la había presentado en sociedad. En su lugar, la había confinado al castillo, interpretando el papel de padre entregado que buscaba proteger a su hija enfermiza.

El público la conocía como la hija querida pero delicada del duque, y Riftan parecía haber tomado ese rumor al pie de la letra.

Riftan había visto con sus propios ojos lo simple y torpe que era ella. Maxi no lograba comprender por qué él no se había dado cuenta de su error, pero decidió prolongar el equívoco tanto como pudiera. Si él descubría que, lejos de ser una dama noble, había sido tratada peor que una plaga, se sentiría engañado.

Riftan ya había sufrido tres largos años por causa de su matrimonio no deseado. Se desmoralizaría al descubrir que su esposa no había sido más que una molestia para su familia. Sería suficiente para frenar su generosidad.

Maxi se aferró ansiosamente a su falda, incapaz de soportar la idea de que Riftan la despreciara o incluso la compadeciera. Quería que él la considerara una dama de alta cuna que jamás había carecido de nada. Así que, en lugar de admitir que tenía poca experiencia administrando un castillo de este tamaño o dando órdenes a los sirvientes, simplemente asintió con inquietud.

—Si es lo que u-usted d-desea...

El rostro de Riftan se iluminó.

—Le diré al mayordomo que prepare los libros de cuentas —dijo—. No te preocupes por el dinero. El castillo es tuyo para decorar.

Y acariciando ligeramente su cabello desordenado, añadió:

—Este es tu hogar ahora.

Hogar. La palabra se le clavó en el corazón, y tuvo que dejar de respirar para calmar el aleteo en su pecho.

No quiere decir nada con eso. No debería darle demasiada importancia.

Maxi respondió con fingida indiferencia:

—H-Haré mi m-mejor esfuerzo para h-hacer este lugar acogedor.

—Bien.

El rostro de Riftan se iluminó en una sonrisa satisfecha, y le plantó un beso en la mejilla. Maxi se encogió, de pronto consciente de que estaba a solas con él. Su cuerpo despedía un olor acre por días de viaje sin bañarse ni cambiarse de ropa. Dio un paso atrás.

—M-Me gustaría tomar un b-baño...

—Ah. Por supuesto.

Riftan se giró para olfatearse a sí mismo y se puso de pie con expresión mortificada.

—Le diré a las criadas que preparen tu agua de baño.

Luego salió de la habitación para darle instrucciones a la criada. Maxi se levantó de la cama y se quitó la ropa sucia en el rincón de la habitación. Cuatro criadas entraron poco después con un biombo y una bañera de madera. Mientras vertían agua caliente en la bañera, Riftan se quitó la armadura y la dejó sobre una mesa cercana.

—Déjennos ahora —les dijo a las sirvientas—. Se les llamará si se les necesita. Mientras tanto, preparen algo para que comamos.

—Sí, mi señor. Dejaremos su ropa aquí.

Después de que las criadas se marcharan, Riftan se sacó por la cabeza la túnica manchada de sudor y tierra, y se desató las correas de los pantalones. Aturdida, Maxi apartó la vista de él. Riftan se acercó para aflojarle los tirantes de la espalda del vestido.

—¡R-Riftan...!

—Bañémonos juntos.

Sintiendo la mano cálida de él recorriéndole la espalda desnuda, ella soltó un pequeño grito. Él le peinó el cabello enredado con las manos, luego le apartó las trenzas sobre el hombro para dejar al descubierto su nuca. Maxi tembló ante la sensación de los labios suaves de él rozándole la nuca.

—Está salada.

—N-No haga eso... e-está sucia...

Él la giró para que quedara frente a él y le bajó la ropa. Ella cerró los ojos, incapaz de mirar de frente su cuerpo desnudo bajo la luz.

—¿Te mataría dejar de poner esa cara? —exigió él con frialdad, tomándole la barbilla de repente—. Sé que no tengo el rostro atractivo del hijo de un noble, pero ¿tan horrible soy de ver?

—¡Nunca dije que fuera h-horrible!

Ella abrió los ojos, sorprendida. Con expresión disgustada, Riftan la miraba fijamente con sus intensos ojos negros. ¿Acaso era ajeno a su propia belleza?

—S-Solo no e-estoy acostumbrada a e-esto. E-Estoy avergonzada...

—Es normal que las parejas casadas se bañen juntas.

—¿N-Normal...?

—En todos los castillos que he visitado, el señor se baña con su esposa —comentó él con frialdad, tirando de nuevo de su vestido.

Maxi quiso preguntarle cómo lo sabía, pero cerró la boca cuando sintió una corriente de aire sobre su piel desnuda. Concentró su atención en la luz de la chimenea que iluminaba suavemente su cuerpo.

—No es nada extraño —la tranquilizó él—. En el norte, es costumbre que la dama del castillo atienda a los nobles y caballeros visitantes mientras se bañan.

Le masajeó los hombros suavemente mientras hablaba. Los ojos de Maxi se abrieron de par en par.

—¿E-Eso se e-espera también de m-mí?

—Bromeas.

Una sonrisa feroz se extendió por el rostro de Riftan.

—Si algún necio se atreve a pedir eso, le daré un baño en el Río Stemnu. No necesitas preocuparte por nadie más que por mí. Ven.

Sus brazos fornidos le rodearon la cintura, y entraron a la bañera. El agua se derramó por el borde. Maxi se sentó abrazándose las rodillas en el borde de la bañera. Riftan, por su parte, relajó descaradamente su imponente cuerpo en el agua y recostó la cabeza contra la bañera.

—¿Está el agua demasiado caliente?

—Está b-bien.

Con el agua hasta la barbilla, se hizo un ovillo y trató de evitar tocar las piernas largas de él. Riftan, que la había estado observando, le jaló el brazo hacia sí y la colocó sobre su regazo.

—¡R-Riftan...!

—Déjame lavarte.

Tomó una barra de jabón de un estante cercano. Ella intentó liberarse de su regazo, pero él la sujetaba de la cintura con tanta fuerza que no podía moverse. Entonces comenzó a frotarle el jabón sobre los hombros y el cuello.

—¡P-Puedo h-hacerlo yo m-misma!

—Puedes lavarme a mí después.

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Etiquetas: Bajo el Roble C17
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