Riftan amasó suavemente el redondo montículo de sus pechos con las manos cubiertas de jabón. Maxi bajó rápidamente los brazos para cubrirse, pero eso no lo detuvo. Sintiendo algo duro presionado entre sus glúteos, cerró los ojos con fuerza. Las manos de él se deslizaron por el agua tibia, explorando su cintura y su vientre.
Con ternura, le acarició cada curva del cuerpo y le masajeó los nudos bajo la piel antes de lavarle el cabello enredado. Su cuerpo tenso comenzó a relajarse.
—Ahora, lávame el cabello —dijo él, enjuagándole el cabello limpio.
Maxi lo contempló sin expresión, los párpados pesados de sueño. Pero pronto tomó el jabón en las manos y comenzó a frotarlo sobre su cuero cabelludo. Mientras Riftan inclinaba la cabeza para que ella no forzara los brazos, ella sintió su aliento caliente sobre su pecho.
Conteniendo su vergüenza, Maxi trabajó con cuidado las manos entre el cabello suave de él. Riftan le lamió con delicadeza las gotas de agua que se acumulaban en el hueco de su clavícula. Era como bañar a un perro grande; no podía quedarse quieto, lamiendo todo lo que alcanzaba. Su mente viajó de vuelta a la época en que se había escabullido al jardín de niña para jugar con el sabueso de su padre. Se habían salpicado agua el uno al otro, tal como ella y Riftan lo hacían ahora.
—La espuma se me está metiendo en los ojos —se quejó Riftan, llevándose un puñado de agua al rostro.
Al verlo hacer pucheros, ella casi estalló en risas. Le echó agua sobre el cabello para enjuagarlo de espuma. Riftan luego tomó una tetera del estante y vertió más agua caliente en la bañera. Los nudos en sus músculos se ablandaron como gelatina y, con el agua hasta los hombros, comenzó a dar cabezadas. La tensión había mantenido su agotamiento a raya, pero ahora la fatiga la invadía.
En su estado de duermevela, el tacto de Riftan se sentía reconfortante.
—Maxi...
Él ronroneó en su oído, luego la acomodó para que pudiera recostarse contra su pecho. Una sensación dulce y hormigueante le recorrió el cuerpo. Se hundió en él, el latido constante de su corazón arrullándola hacia el sueño. Los párpados se le hicieron cada vez más pesados.
—¿Maxi? ¿Estás... dormida?
—...
—¿De verdad estás dormida?
Las caricias suaves de Riftan sobre su espalda se convirtieron en sacudidas insistentes. Ella intentó decir algo, pero solo logró murmullos ininteligibles. Su visión comenzó a desvanecerse. Pronto, roncaba suavemente con la nariz hundida en el hombro de él.
Riftan la miró desde arriba, sin saber qué hacer.
—No puedo creerlo...
Un rayo cegador de luz solar le abrió los párpados a Maxi. Le dolían los miembros, y la cabeza le palpitaba. Frotándose el sueño de los ojos, se incorporó de la cama solo para sentir una corriente de aire helarle la piel. Bajó la vista y se encontró completamente desnuda bajo la manta, y se cubrió apresuradamente de nuevo. Desorientada, trató de recordar lo que había pasado.
Llegué a Anatol ayer, y...
Se había quedado dormida mientras se bañaba con Riftan. Alzó la cabeza de golpe para recorrer la habitación con la mirada, pero estaba sola. La bata de Riftan yacía junto a las brasas moribundas de la chimenea. ¿A dónde se habría ido?
Buscó en la habitación algo que ponerse. Una camisola cuidadosamente doblada sobre el estante junto a la ventana le llamó la atención. Envolviéndose el cuerpo con la manta, se puso de pie a trompicones y se acercaba a tomarla cuando escuchó un golpe en la puerta.
—¿S-Sí? —dijo con brusquedad.
—Le ruego disculpe por perturbar su sueño, mi señora —respondió una voz suave—. Es hora de reavivar la chimenea...
—E-Está bien. Ya h-he dormido suficiente. P-Puede e-entrar.
Una criada alta, que parecía tener unos treinta años, entró en la habitación e hizo una reverencia.
—Mi nombre es Ludis Ain. La serviré desde hoy.
—Soy M-Maximilian C-Calypse. M-Mucho gusto.
La sirvienta no mostró señal alguna de sorpresa ante su tartamudez.
—Se retiró a dormir sin cenar anoche —respondió Ludis con cortesía—. ¿Debo mandar por su desayuno ahora?
—M-Me gustaría c-cambiarme primero...
—Un momento. La ayudaré a vestirse.
Ludis sacó unos leños de su canasta para alimentar las brasas, usando un atizador para removerlas de vez en cuando. Luego le trajo a Maxi la ropa doblada. Maxi se puso rápidamente una prenda interior de lino y, encima, una fina camisola. Ludis llenó un pequeño lavamanos con agua tibia y añadió unas gotas de aceite perfumado.
Luego remojó una toalla limpia en el agua fragante para tocarle suavemente el rostro, el cuello y los brazos antes de ayudarla a ponerse un elegante vestido hasta el tobillo. Maxi jadeó ante el intrincado bordado. Con sus mangas colgantes, el vestido dorado le daba la apariencia de tener alas de mariposa. No era menos hermoso que algo salido del guardarropa de Rosetta.
—Dígame si le queda demasiado ajustado —dijo Ludis, atando una cinta roja justo debajo del busto de Maxi.
Maxi negó con la cabeza. Apenas podía creer que la mujer del espejo fuera ella. Su rostro pálido lucía radiante, quizás debido a su buen humor, y su cabello castaño rojizo, indomable, ahora complementaba con elegancia el dorado de su vestido.
—¿Desea que le trence el cabello y se lo recoja, mi señora?
—S-Sí, por favor.
Maxi se sentó en una silla junto a la ventana. Ludis ajustó el espejo y comenzó a peinar con suavidad. Escuchando el peine de marfil deslizarse por su cabello, Maxi miró hacia afuera y vio una empalizada de acantilados grises y altos coníferos que apuntaban al cielo como lanzas.
—¿Desea comer aquí, mi señora?
Estaba a punto de decir que sí, pero se dio cuenta de que quería recorrer el castillo. Aquí no había medias hermanas ceñudas ni padres que pudieran estallar en una furia violenta en cualquier momento. Era libre de deambular por donde quisiera. Reunió el valor para mirar a Ludis a los ojos.
—C-Comeré en el s-salón comedor.
—Sí, mi señora.
En un abrir y cerrar de ojos, Ludis terminó de trenzarle el cabello en un moño y le trajo un par de zapatos de punta alargada. Maxi deslizó los pies en los elegantes zapatos, luego examinó su reflejo en el espejo. Después de días de viaje, un cambio de ropa y un cabello recién peinado habían hecho maravillas por su apariencia. Sus mejillas se ruborizaron de emoción. ¿Le agradaría a Riftan verla así?
—¿D-Dónde está R-Riftan... quiero decir, Lord C-Calypse?
—Me han dicho que el señor fue al salón de entrenamiento al amanecer —respondió Ludis, con expresión preocupada—. Mi señora, ¿se siente mal?
—N-No...
Insegura de por qué había dado esa impresión, Maxi ladeó la cabeza. Entonces, de inmediato, se dio cuenta de que Ludis debía haber pensado que estaba enferma a causa de su tartamudez. La sangre le subió al rostro, y su entusiasmo fue barrido por una gran ola de mortificación.
—E-Estoy bien.
Su voz temblorosa sonó terrible incluso a sus propios oídos. Incapaz de soportar más la vergüenza, salió de la habitación. Ludis corrió tras ella con expresión turbada.
—¡M-Mi señora! Permítame guiarla por el castillo.
Maxi había salido disparada avergonzada sin conocer la disposición del castillo. Asintió levemente, agradecida de que Ludis siguiera tratándola con respeto.
—Por aquí...
Mientras Ludis la guiaba hacia las escaleras, ella escudriñó los rincones del castillo que se había perdido el día anterior. Los muros de piedra gris, aunque toscos, tenían una belleza natural. La luz del sol se filtraba por las ventanas arqueadas, proyectando sombras intrincadas sobre el suelo. Entrecerró los ojos ante la luz cegadora mientras seguía a Ludis.
El Castillo Calypse se veía diferente a la luz del día. Era tan desolado y vacío como lo había sido de noche, pero también irradiaba un encanto antiguo.
Es el castillo perfecto para un caballero...
—¿Hay algo que desee comer, o alimentos que le disgusten, mi señora?
—N-No en realidad...
Maxi dejó la frase inconclusa. Una expresión de sufrimiento paciente cruzó el rostro de Ludis. Quizás lamentaba la desgracia de haberse encontrado con una ama difícil. Descartando pensamientos autocríticos, Maxi siguió a Ludis a través de la cocina.
Una larga mesa de comedor de madera de cerezo se alzaba en el centro de un espacioso salón, y una hilera de sirvientes estaba de pie junto a la pared. Uno de ellos le acercó una silla.
—Confío en que tuvo una buena noche de descanso, mi señora.
—S-Sí, así fue.
—Perdóneme por no presentarme ayer. Mi nombre es Rodrigo Ceric. Superviso a todos los sirvientes de este castillo.
Maxi se dio cuenta de que él era el anciano que había sido blanco de la ira de Riftan el día anterior.
—Un p-placer conocerlo —dijo, esforzándose por mantener la calma.
Rodrigo hizo una reverencia.
—A su servicio, mi señora. Por favor, no dude en avisarme si necesita algo.
—H-Hablando de eso, el s-señor me d-dijo ayer que podía d-decorar el c-castillo...
—En efecto, el señor dejó claro esta mañana que debo asistirla en todo lo que pueda, mi señora. Tenía planeado convocar a los mercaderes al castillo pronto. ¿Le gustaría recorrer el castillo antes de eso?
—S-Sí, m-me gustaría.
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